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“Ser o no Ser” en la era del algoritmo:

Home Psicología“Ser o no Ser” en la era del algoritmo:

“Ser o no Ser” en la era del algoritmo:

marzo 2, 2026 Posted by Indira Ullauri Psicología No Comments

Salud mental y Bien_ESTAR

person with body painting
Photo by Alexander Grey on Pexels.com

El teléfono vibra antes de que despertemos. El día aún no ha comenzado y, sin embargo, el mundo ya está organizado: noticias, deseos sugeridos, trayectorias , conversaciones en curso. La experiencia aparece estructurada antes de ser elegida. No hemos pensado todavía qué queremos, pero algo ya nos está esperando.

En ese minúsculo intervalo, entre la notificación y el gesto de tocar la pantalla, existe una pausa. Una fracción de segundo casi invisible. Allí no hay algoritmo. Allí hay posibilidad, hay oportunidad de poner en marcha la propia reflexión. Ese espacio, inadvertido pero decisivo, es uno de los territorios más frágiles y más importantes de nuestra época.


Cuando Shakespeare pone en labios de Hamlet la frase «Ser o no ser, esa es la cuestión», no formula simplemente una alternativa entre vivir o morir. Hamlet se enfrenta a una pregunta más compleja: si es más digno soportar “los golpes y dardos de la insultante fortuna” o rebelarse y “alzarse en armas contra un mar de adversidades”. La muerte aparece como escape posible, pero el pensamiento, la reflexión introduce un límite: si morir fuese un “sueño”, ¿qué ocurre si en ese sueño hay sueños? Esa incertidumbre detiene el salto. Y entonces Hamlet reconoce algo que nos toca a todos: “así la conciencia nos vuelve cobardes”. No habla de cobardía física, sino del efecto del pensamiento cuando contempla consecuencias, pérdidas, responsabilidades, lo desconocido. La conciencia introduce reflexión; la reflexión introduce demora. El impulso inmediato se suspende ante la complejidad. La tensión no reside en la muerte, sino en la lucidez que impide actuar en automático. En ese espacio de pausa, entre impulso y acción, se inaugura la dimensión más propiamente humana del ser.

No estamos ante una catástrofe tecnológica ni ante una salvación algorítmica. Lo apocalíptico no es nuestro marco, ni tampoco el entusiasmo ingenuo. Estamos ante una transformación estructural del entorno en el que nacemos, crecemos, aprendemos, nos relacionamos y nos construimos. El algoritmo no es una amenaza externa ni una promesa redentora: es parte del contexto histórico que habitamos, es lo que es. Comprenderlo exige lucidez sin dramatización y prudencia sin ingenuidad, ni negación, pero con conciencia de sus efectos en la manera en que pensamos, decidimos y nos vinculamos.

Hoy la pregunta no ha desaparecido; se ha desplazado. Ya no se juega únicamente ante la finitud biológica, sino ante la posibilidad de delegar el juicio en sistemas que procesan información con una velocidad y una capacidad de correlación que exceden nuestra deliberación cotidiana. La cuestión contemporánea no es si existiremos, sino si seguiremos ejerciendo la facultad de pensar críticamente en un entorno que anticipa nuestras preferencias antes de que se consoliden como decisiones.

an artist s illustration of artificial intelligence ai this image explores how humans can creatively collaborate with artificial general intelligence agi in the future and how it can
Photo by Google DeepMind on Pexels.com

La tecnología no es el enemigo. La inteligencia artificial y los sistemas algorítmicos han mostrado avances significativos en medicina, y todas las ciencias, análisis predictivo y optimización de recursos. La Organización Mundial de la Salud ha señalado tanto su potencial como la necesidad de una gobernanza ética sólida y principios de protección de la autonomía humana, seguridad, transparencia y rendición de cuentas. La UNESCO, por su parte, ha establecido que la dignidad humana, los derechos y la autonomía deben situarse en el centro del desarrollo y uso de la IA. El consenso internacional no es alarmista: es prudente, es responsable.

Cuando hablamos de algoritmo no aludimos solo a un programa informático, sino a una forma histórica de organizar la información, jerarquizar la atención y orientar la conducta. El problema no es su existencia, sino la naturalización de su criterio: que el cálculo sustituya silenciosamente a la deliberación y al pensamiento propio y que dejemos de interrogar aquello que estructura lo visible y lo relevante. Que en lugar de duda se anticipe la respuesta y no nos demos cuenta de ello.

Heidegger ayuda a nombrar este punto con precisión. En La pregunta por la técnica, sostiene que la esencia de la técnica moderna no se reduce a aparatos, sino al modo en que ella desvela el mundo. Bajo ese “enmarque” (Gestell), la realidad tiende a aparecer como disponible, calculable y ordenable; como “reserva” lista para uso. El riesgo no es el instrumento, sino que adoptemos sin advertirlo esa lógica como única medida de comprensión: que el mundo y nosotros mismos quedemos reducidos a disponibilidad y rendimiento. Y, sin embargo, allí mismo se abre una posibilidad: reconocer el enmarque permite recuperar una relación más libre con lo real.

man with binary code projected on his face
Photo by cottonbro studio on Pexels.com

En este punto, la riqueza de nuestra lengua adquiere una densidad singular. En español distinguimos entre SER y ESTAR. No es una diferencia menor: es una intuición ontológica. Podemos ser sujetos y no estar presentes. Podemos estar conectados y no ser conscientes. La era del algoritmo tensiona precisamente ese hiato.

SER remite a identidad, continuidad narrativa, proyecto en el tiempo; a aquello que configura quiénes somos.
ESTAR remite a presencia encarnada, posición concreta, modo de habitar el instante; a cómo estamos siendo en el ahora.

El entorno digital facilita formas de estar: estar visibles, disponibles, permanentemente conectados, que no necesariamente fortalecen el ser. La pantalla permite presencia técnica sin presencia existencial. La lógica del rendimiento posibilita visibilidad sin reflexión. El desafío contemporáneo no consiste en oponer tecnología y naturaleza, sino en integrar SER y ESTAR con conciencia.

Aquí la fenomenología ofrece una clave decisiva. Merleau-Ponty diría que la conciencia no es un pensamiento abstracto suspendido en el aire: es experiencia encarnada. Percibir es estar en el mundo con el cuerpo. La pantalla reorganiza la percepción: selecciona, jerarquiza, encuadra. No elimina el cuerpo, pero lo mediatiza. En cambio, la experiencia directa, el encuentro con el otro, la naturaleza, el silencio, el movimiento, resiste el control total y exige implicación sensorial.

De aquí emerge una diferencia crucial: información no es experiencia. La acumulación de datos no equivale a pensamiento. Saber mucho no es lo mismo que comprender. Estar expuesto a estímulos no es estar presente. El pensamiento requiere pausa, integración y juicio; exige un intervalo, ese entre el impulso y la acción, que la aceleración digital tiende a comprimir, o incluso suprimir.

Hannah Arendt distinguió entre actividad y acción. No toda actividad humana constituye acción en sentido pleno. La acción implica juicio, responsabilidad y aparición ante otros; supone asumir consecuencias en un mundo compartido. En cambio, gran parte de nuestra interacción digital adopta la forma de reactividad estructurada: respuestas rápidas impulsadas por estímulos diseñados para capturar atención. No toda conexión es encuentro; no toda intervención es acto.

La evidencia científica contemporánea y también la mirada prudente de organismos internacionales coincide en que el impacto del entorno digital en la salud mental no es lineal ni uniforme: depende del tipo de uso, del contexto social, de la regulación emocional y de vulnerabilidades previas. La tecnología no sustituye automáticamente la conciencia: puede ampliarla o debilitarla según el modo en que sea habitada. Lo que se exige aquí no es condena ni ingenuidad, sino discernimiento.

En Homo Deus, Harari sugiere que podríamos llegar a confiar más en algoritmos que en nuestra propia intuición. Delegar cálculos puede ser eficiente. Delegar el juicio deliberativo es otra cosa. Si el cálculo reemplaza la reflexión, la libertad no desaparece formalmente, pero se vuelve secundaria: seguimos eligiendo, pero dentro de un campo previamente organizado.

Foucault mostró que el poder moderno no se ejerce solo prohibiendo, sino configurando entornos que producen subjetividades, como podría ser el algoritmo en la actualidad. Zuboff describe cómo el capitalismo de vigilancia transforma la experiencia humana en materia prima predictiva: el algoritmo no impone, hace probable. No elimina la libertad formal; reorganiza lo visible, lo sugerido y lo repetido.

Bauman advirtió que en la modernidad líquida los vínculos se vuelven frágiles y transitorios. La hiperconectividad no garantiza profundidad; puede intensificar la volatilidad. Sadin ha señalado que la IA no solo automatiza tareas: orienta comportamientos mediante recomendaciones constantes, desplazando poco a poco la iniciativa humana, el acto creativo. La cuestión no es la dominación explícita, sino la delegación progresiva del criterio.

Desde el psicoanálisis, la pregunta se vuelve íntima. Freud recordó que el yo no es dueño absoluto en su propia casa. Lacan sostuvo que el deseo surge de una falta estructural que nunca se colma del todo. El entorno algorítmico no crea esa falta, porque es constitutiva del sujeto, pero puede engañosamente intentar cubrirla con estímulos inmediatos y validación cuantificada. La saturación no elimina la división subjetiva; puede anestesiar su pregunta.

Y aquí volvemos al núcleo: SER y ESTAR. Si la subjetividad se construye en la relación con el deseo, con el otro y con el tiempo, la aceleración constante reduce el intervalo donde el juicio puede formarse. La salud mental no depende solo de la cantidad de información que recibimos, sino de la capacidad de metabolizarla, simbolizarla y decidir. Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio, ese que necesitamos fortalecer, lo sabía Arendt, lo sabía el psicoanálisis, donde el sujeto puede aparecer, donde el deseo emerge, donde la reflexión se construye, donde deliberar reencuentra con la realidad humana, única.

misted window with question mark
Photo by Julia Filirovska on Pexels.com

Ese espacio es el lugar del SER.
La presencia encarnada, reflexiva y situada es el ESTAR.
Ambos pueden debilitarse cuando la reactividad sustituye al juicio. Cuando la distracción se vuelve cotidianidad.

Si el entorno digital reorganiza la percepción, también reorganiza la experiencia del tiempo. Aquí el aporte de Hartmut Rosa resulta decisivo: el problema contemporáneo no es únicamente la aceleración, sino la pérdida de resonancia; esa relación en la que el mundo no solo se presenta como objeto, sino como algo que nos afecta y nos transforma. El scroll puede conectar, pero no necesariamente genera resonancia. La saturación de estímulos no garantiza encuentro, no hay vínculo. Y sin encuentro, con el otro, con la naturaleza, con el propio cuerpo, la experiencia se vuelve plana: acumulativa, pero no significativa.

Por eso la salud mental no se reduce a regular síntomas, sino a sostener una relación viva con el mundo. Exige tiempo no optimizado, silencio no cuantificado, presencia no instrumentalizada. Exige espacios donde el sujeto no esté siendo medido, comparado o convocado a rendir.

Winnicott habló del espacio transicional: ese lugar intermedio donde el niño juega, crea y descubre que el mundo no es pura imposición ni pura fantasía. El juego inaugura la cultura. Si el entorno digital coloniza todos los intervalos de espera, si elimina el aburrimiento, si sustituye el vacío por estímulo constante, ese espacio se reduce. Y sin ese espacio, la creatividad se empobrece.

Bion subrayó que pensar no es automático: requiere tolerar la frustración y metabolizar la experiencia emocional. La mente se forma cuando puede transformar vivencia en pensamiento. La inmediatez permanente debilita ese proceso. Cuando toda incomodidad encuentra distracción inmediata, la función de pensar se posterga.

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Photo by Silver Works on Pexels.com

Volvemos, entonces, a la pregunta inicial. SER o no SER. Hoy no se trata de vivir o morir, sino de sostener el juicio en medio de la automatización. SER es ejercer la responsabilidad del pensamiento. ESTAR es habitar el presente con conciencia encarnada. Bien_ESTAR, escrito así, para que se vea la pausa, es integrar identidad y presencia sin delegar la autonomía interior.

Entre el algoritmo y la acción hay un espacio. En ese espacio se juega la libertad. Y esa libertad, frágil, imperfecta y profundamente humana, no puede automatizarse: exige ser ejercida.


Indira Ullauri

Psicóloga clínica con más de 30 años de experiencia | Directora de Superar Escucho el sufrimiento humano con profundidad, ética y ciencia. No etiqueto, comprendo. Mi trabajo combina sensibilidad clínica con herramientas validadas, adaptándose a cada historia. Atiendo a niños, adolescentes, adultos y parejas, ofreciendo acompañamiento humano, ético y profesional.

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Tags: salud mental
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