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El desvanecimiento de la experiencia en la era digital 

Home PsicologíaEl desvanecimiento de la experiencia en la era digital 

El desvanecimiento de la experiencia en la era digital 

abril 30, 2026 Posted by Superar Psicología No Comments

Escrito por: Dorian Chávez

Psicólogo Clínico

Docente Investigador

Ser, o no ser, esa es la cuestión;
¡Si es más notable para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera fortuna
o armarse contra un mar de adversidades
y darles un fin en el encuentro.
Morir: dormir,
nada más. Y si durmiendo terminaran
las angustias y los mil ataques naturales
herencia de la carne, sería una conclusión seriamente deseable. Morir, dormir:
Dormir, tal vez soñar. Si, ese es el estorbo.;
Pues que podríamos soñar en nuestro sueño eterno, ya libres del agobio terrenal,
es una consideración que frena el juicio
y da tan larga vida a la desgracia. Pues ¿quien Soportaría los azotes e injurias de este mundo (…) Pudiendo cerrar las cuentas uno mismo
Con un simple puñal”

El mítico cuestionamiento de Hamlet que se suele resumir en: ser o no ser, es una frase que se ha impregnado no solo en la cultura occidental, también lo ha hecho en la literatura universal y ha trascendido hasta nuestros tiempos, tanto es así que, seguramente, querido lector, al menos una vez te has hecho la misma pregunta de Hamlet, posiblemente sin tanta literatura ni belleza, pero lo más probable es que al menos una vez te hayas preguntado: ¿y ahora, que hago? ¿Voy o no voy? ¿Le digo o no le digo? ¿Lo dejo todo, o me quedo a esperar un poco más? 

Y entre tantas preguntas y reflexiones, nos hemos imaginado todos los escenarios posibles, como se dice, los pros y los contras, las tragedias y las buenas nuevas, tal como describió en su obra Shakespeare hace aproximadamente 425 años ¡Hagan las cuentas! 

Es decir, más de una vez hemos sido interpelados, nos hemos quedado paralizados, congelados, ante una decisión que nos resulta complicada aun sabiendo que esta podría ser la “correcta” (o quizás no, quién sabe), la que nos hace bien, o la que nos lleva en dirección a nuestras metas y sueños, y aun conscientes de aquello no podemos concretar, nos damos las mil vueltas, pensamos, titubeamos, demoramos, y es justo en ese momento en el que todos somos un poco Hamlet, pero ¿seguimos decidiendo atravesar la experiencia cómo él, es decir, atravesar la experiencia de lo humano? 

No en vano Harold Bloom (2002), uno de los críticos literarios más influyentes de nuestro siglo toma a Shakespeare y muy especialmente a Hamlet para hablar sobre lo que él denomina como la “invención de lo humano”, ya que, como se puede ver en el extracto que citamos al inicio, el protagonista desarrolla su arco lleno de contradicciones, en un laberinto interno que lo atraviesa desde el inicio hasta el final del escrito, lo que lo llena de dudas, de inquietudes, de locura. 

Podríamos decir que Hamlet somos cada uno de nosotros ante nuestro psicólogo, dándole vueltas a un tema, a un malestar que aparentemente es el mismo que nos aqueja hace años, y en esas vueltas, en ese decir, en esa puesta en palabras, lo que se empieza a trazar en el ámbito terapéutico es un recorrido nuevo que pasa por la misma carretera, que nos permite des/conocernos y también construir nuevos modos de transitar el sufrimiento. 

Pero volvamos a lo nuestro, Bloom da énfasis a la invención de lo humano ya que antes los personajes literarios solo envejecían y morían. No existían cambios, había un despliegue, pero no un desarrollo ni una profundización como tal. Con Shakespeare, tanto los protagonistas como los personajes secundarios se escuchan hablar a sí mismos y/o mutuamente, por lo tanto, no solo representan la cognición, el carácter y la personalidad, sino que además manifiestan nuevos modos de consciencia, muy similar a como nos pensamos en la actualidad, pero con un gran cambio, con una gran diferencia, y es que sin duda alguna nuestra vida sigue siendo atravesada por decisiones y laberintos como los de Hamlet, pero en nuestra época la tecnología requiere, necesita, nos dice que nos pueda solucionar la vida, que nos puede evitar el tránsito agridulce que de la experiencia humana. 

Hay un punto fundamental y fascinante que nos acerca a lo que nos convoca hoy, por qué se preguntarán ¿y esto qué tiene que ver con la tecnología, la IA y los algoritmos? Vamos paso a paso 

Antes del renacimiento y del llamado hombre moderno, los individuos estaban restringidos por dos polos. El destino en la época griega y por Dios en la edad media, sin embargo, Hamlet, a pesar del martirio constante en el que vive, a pesar de las dudas y la incertidumbre no se arroja a un ser supremo que guie sus pasos ni consulta al mítico oráculo de Delfos para que le dicte su destino, Hamlet se abalanza con titubeos, sin garantía de sus decisiones, vacila, retrocede, avanza, y cada acto lleva consigo la marca de su subjetividad, de su historia, de su experiencia. 

Ahora, imaginemos a un Hamlet postmoderno, de nuestros tiempos, de nuestra misma leva. Seguramente, al encontrarse ante semejante decisión, lo que haría es colocar un prompt, eso sí, un buen prompt, el que le permita conocer si lo que debe hacer es, o bien matar a Claudio, el tío que asesinó a su padre y se casó con su madre; o abandonar el reino y el dictamen que su padre le profesó. 

Es decir, el recorrido, la travesía y con ello, el dolor, la ambigüedad, la duda, el sacrificio, el placer, el disfrute y toda la riqueza que caracteriza a Hamlet se perderían irremediablemente. Es más, seguramente no existiría el icónico “ser o no ser”; existiría simplemente:
“Las probabilidades de éxito son altas, mientras que las del fracaso son bajas. ¡Debes hacerlo!” (Léase con voz de cualquier inteligencia artificial) 

A partir de este avance se abre la siguiente pregunta: 

¿Podríamos decir que la experiencia de vivir se va desvaneciendo? Experiencia entendida desde la asunción de las decisiones y actos, y, con ello, también de sus efectos y, además, la posibilidad de atravesar la gama de emociones, pensamientos y sensaciones que marcan de incertidumbre nuestra existencia. 

Hago énfasis en el acto, porque el acto no solamente es la acción, el acto acontece desde el verbo, el acto empieza, transcurre, termina y prosigue en los efectos de los cuales solo se puede saber a través de poner en juego la palabra, instrumento clave para el psicoanálisis a tal punto que una aproximación para “definir” este paradigma podría no/ser el de la cura mediante la palabra, pero en tiempos de algoritmos e inteligencia artificial ¿a la palabra se la sigue poniendo en juego? ¿Se sigue apostando por la experiencia de la palabra y con ello al surgimiento del sujeto humano? 

Para adentrarnos en estas preguntas retomo a Harari, historiador israelí que intuyó hace 10 años un pasaje que en nuestros días es una realidad, y es lo que él denominó “de oráculo a soberano”. 

“Cuando Google, Facebook y otros algoritmos se conviertan en oráculos omniscientes, bien podrían evolucionar para convertirse en representantes y finalmente en soberanos. (…) Cuando llegamos a un cruce y nuestro instinto nos dice que giremos a la derecha pero Waze nos indica que giremos a la izquierda, los usuarios más tarde o más temprano aprenden que es mejor hacer caso a Waze y no a sus sensaciones. A primera vista parece que el algoritmo de Waze nos sirve solo como oráculo. Le hacemos una pregunta, el oráculo contesta, pero somos nosotros los que tenemos que tomar la decisión. Sin embargo, si el oráculo gana nuestra confianza, el siguiente paso lógico es convertirlo en un representante. Damos al algoritmo solo un objetivo último, y él actúa para alcanzar dicho objetivo sin nuestra supervisión” (Harari, 2016, p.373) 

¿Como llamar a este tipo de decisiones nimias, simples, que en apariencia no tienen mayor injerencia en nuestra vida como la de elegir la ruta para llegar a nuestro destino? ¿Existe nombre para las otras decisiones, como las de Hamlet, en las que se compromete nuestra existencia por completo? Byung Chul Han (2022) nos da la pista al retomar al filósofo Vilém Flusser. 

Las primeras decisiones son denominadas como actomes o decisiones puntuales, y estas son decisiones fragmentadas que representan consecuencias inmediatas y previsibles, mientras que las segundas son las decisiones existenciales, mismas que están plagadas de dudas, demoras y titubeos. Siempre imprevisibles y en las que “se abre un abismo temporal y existencial” (p. 97) que nos impide experimentar inmediatamente las consecuencias de nuestras decisiones. 

Pero ¿qué pasa cuando las decisiones puntuales y fragmentadas se confunden constantemente con las decisiones existenciales? ¿Qué pasa en el momento en que tomamos decisiones que conllevan nuestra existencia misma y las tratamos como simples procesos que necesitan ser más eficaces y eficientes? Y tal vez la pregunta que nos lleva al problema de la IA y los algoritmos: ¿Cómo se nos hace tan fácil “confundir” estas decisiones en la época actual? 

Si ponemos de ejemplo a Hamlet y la tensión, las demoras, la encrucijada que representa para él su acto, es justamente porque para el protagonista su existencia está comprometida en esa decisión, no se salta la experiencia de su existencia, la lleva a cuestas y constantemente lo pone en palabras en sus soliloquios. Su acto es una puesta en palabras constante que no recibe ni tiene respuesta, y por eso sus actos los toma como propios, y los efectos tanto previsibles como insondables son parte de su decisión. 

En nuestros días, al contrario, prácticamente toda decisión, pensamiento y acto pasa por la inmediatez del clic o de una pulsación. Los dilemas son resueltos en la aparente amabilidad digital y en la promesa de que la nueva “tecnoreligión”, de la que nos habla Harari, traiga consigo al mesías tecnológico encargado de sostener nuestros malestares, de cargar con nuestras decisiones a cambio de nuestra total obediencia y devoción. 

No es raro escuchar a estudiantes que agradecen haber pasado el colegio o la universidad gracias a Gpt; es común escuchar a personas que arrojan sus problemas a la IA y reciben una especie de “terapia” digital que promete desaparecer cualquier malestar, que promete responder todas las preguntas, porque la IA no conoce de dudas, de equivocaciones, de la falta, las IAs conocen, pero no saben de lo humano; cada día es más común conocer a personas que “piden” (¿a las IAs se les pide u ordena?, siempre me deja la duda el uso de esa palabra), piden que hagan cartas para su pareja, o docentes que solicitan discursos para saber cómo llegar a sus estudiantes o a sus audiencias. 

De todas estas decisiones que devienen en actos, ¿cuáles son existenciales y cuáles actomes? 

Han (2022) en su mismo texto nos dice que “el clic del ratón o una breve pulsación sustituyen el discurso” (p. 97) y agrega además “precisamente en la pantalla (…) está suprimida la distinción entre elegir y comprar” (p. 97). Han realiza estas aproximaciones al hablar sobre el dispositivo QUBE, muy famoso en los años 70s en Estados Unidos, y aunque en nuestro caso no nos centremos en las compras precisamente, este desarrollo se acerca a nuestro análisis ya que pone sobre la mesa el problema sobre la inmediatez del clic y la supresión de las diferencias a través del espejo negro que lo llevamos siempre a mano y que simboliza el avance tecnológico. 

Han (2023) en otro de sus textos menciona que la psicopolítica, que es la nueva forma de control que emerge a partir del avance tecnológico y que hegemoniza la lógica neoliberal, necesita aplanar, allanar todo, no permite que exista la diferencia, es la “dictadura de lo igual”, dirá. 

¿Para qué perder el tiempo como Hamlet y sobrepensar una decisión que compete a mi existencia si puedo delegar tamaña responsabilidad? ¿Para qué pensar como escribir lo que siento a quién quiero que sea mi pareja, si la angustia del papel en blanco la soluciona la IA con un simple prompt?

¿Es posible pensar en una verdadera asunción de nuestra existencia si la experiencia se ve mermada al convertirnos en meros administradores de nuestra propia vida al delegar cada decisión a los representantes y soberanos algorítmicos? 

Para contrarrestar nuestra idea Bodei, filósofo italiano (2022), retoma a Leibniz para explicar lo que, idealmente, sería la función que le daríamos a las IAs en nuestro diario vivir, para lo que comenta que, las máquinas estarán a cargo de aquellos “pensamientos ciegos”, es decir, estarán encargadas de las actividades en las que la mente humana se objetiviza, se automatiza, en las que prácticamente la persona no es consciente de su propia existencia. 

Y claro, después de relegar a la máquina aquellas actividades “indignas”, como lo dirá Leibniz, al fin nos centraríamos en los pensamientos que salvaguarden los derechos de la conciencia humana, reflexionaríamos sobre nuestro propio raciocinio y el pensamiento “vidente” sería nuestra panacea, nuestro nirvana. 

Sin embargo, y tras el recorrido que hemos construido, este ideal resulta utópico, se encuentra en una distancia paralela en relación a lo que se ve en el día a día pues las decisiones existenciales y las fragmentadas se manejan como pensamientos ciegos, automatizados, objetivados, y poco a poco se va diluyendo el espacio para el “pensamiento vidente”, y el reflexionar sobre nosotros mismos por fuera de la lógica del rendimiento resulta un imposible. 

Es decir, a pesar de la aparente libertad que nos promete la tecnología y con ello la IA, en lo cotidiano se vive lo que Han denomina como “la crisis de la libertad”, en la cual se explota toda práctica, emoción, juego y comunicación a favor del rendimiento y el capital. 

El tiempo libre para la gran mayoría no es para explorar la división propia de la vida, para sumergirse en la experiencia que dejan los efectos de las decisiones que marcan la misma, el tiempo libre en realidad está destinado para desconectarse de la existencia, de la experiencia, evitando a toda costa el malestar, el dolor, pero con ella también la felicidad y el placer, convirtiendo en un instrumento al sujeto al no permitir/se ser atravesado por lo irremediable, por lo que no tiene salida, por lo que no tiene enseñanza, por lo que pide una construcción a posteriori, una construcción que requiere, que necesita de una puesta en palabras, pero mientras la palabra se vea coartada por un clic que atomice todo, que de todas las respuestas y que homogenice la subjetividad, la experiencia como la conocemos se irá desvaneciendo dando paso a la dictadura de lo digital. 

El sujeto es des/tiempo en su máxima expresión, al contrario, la lógica digital es inmediatez, y mientras no logremos separar estas lógicas, la inmediatez irá diluyendo consigo el tiempo de la palabra, que lleva consigo el tiempo del silencio, de la pausa, del tropiezo, qué lleva consigo la musicalidad singular de cada sujeto, pero si no nos detenemos a reflexionar, a pensar y a poner en juego la palabra, esta música será reemplazada por el sonido plano lleno de beats. 

Referencias 

Han, B. (2022). En el enjambre. Herder.

Han, B. (2021). La sociedad de la transparencia. Herder. Han, B. (2023). Psicopolítica. Herder. 

Bodei. R. (2022) Dominio y sometimiento. Esclavos, animales, maquinas inteligencia artificial. Alianza Editorial 

Harari, Y. (2015). Homo Deus. Una breve historia del mañana. (1era edición). PenguinRandomHouseGroup Editorial, S.A.U. 

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